¿Y si los datos hablaran con inteligencia propia? Vivimos en un mundo donde los números ya no duermen. Se generan en tiempo real, se acumulan sin pausa y exigen ser interpretados con velocidad y precisión. Este libro ofrece un recorrido estructurado y accesible por los procesos de recolección, procesamiento, análisis e interpretación de datos cuantitativos, integrando los aportes más recientes de la inteligencia artificial. Lejos de limitarse a lo técnico, plantea una reflexión crítica sobre el rol del investigador, la ética del algoritmo y las posibilidades de un conocimiento automatizado profundamente pero humano.
Existen libros que informan, otros que analizan, algunos que sistematizan, y unos pocos que logran tocar las fibras profundas del alma humana. Este libro, que el lector tiene entre manos, pertenece a esa estirpe rara y urgente de obras que no solo pretenden transformar el pensamiento pedagógico, sino también la manera en que miramos, sentimos y habitamos la escuela. En un tiempo en que el conocimiento se valora por su productividad, y el aprendizaje se mide por pruebas estandarizadas, hablar de emociones en la educación secundaria parece, a primera vista, un acto de subversión silenciosa. Y lo es. Porque educar emocionalmente a los adolescentes no es una moda pasajera ni un ornamento discursivo: es una necesidad impostergable, un gesto ético, una forma de resistencia luminosa frente al tecnocratismo que amenaza con deshumanizar el aula.
Este libro no nace de una nostalgia por la escuela perdida, sino de la convicción de que otra escuela es posible. Una escuela donde las lágrimas no se repriman, donde la rabia encuentre cauces constructivos, donde el entusiasmo sea celebrado y no contenido, donde la alegría de aprender vuelva a ser una experiencia compartida. Una escuela donde los adolescentes no tengan que fingir indiferencia para sobrevivir al juicio de sus pares o a la rigidez de los adultos. En estas páginas, el lector no encontrará fórmulas mágicas ni recetas de autoayuda. Encontrará, en cambio, una profunda reflexión crítica, sensible y rigurosa, sobre cómo construir entornos escolares que reconozcan a los estudiantes no solo como mentes pensantes, sino como seres emocionales en pleno desarrollo.
Quien se atreva a recorrer este libro descubrirá que cada capítulo es una invitación a pensar la educación desde otro lugar. Un lugar donde la emoción no interrumpe el aprendizaje, sino que lo potencia. Donde enseñar no es solo transmitir contenidos, sino ofrecer presencia, escucha, sentido. Donde el docente no es un mero aplicador de técnicas, sino un acompañante afectivo capaz de sostener, contener y abrir horizontes. En este sentido, el libro propone una pedagogía encarnada, ética y profundamente humana. Una pedagogía que no teme a la vulnerabilidad, que no huye del conflicto, que no calla el malestar. Porque solo cuando la emoción se vuelve palabra, cuando el miedo se nombra, cuando la tristeza se comparte, la educación se convierte en un acto verdaderamente transformador.
En tiempos en los que los adolescentes transitan sus días entre pantallas frías, algoritmos invisibles y vínculos efímeros, la escuela se presenta como uno de los últimos territorios posibles para el encuentro genuino. Pero ese encuentro no ocurre por decreto. Se construye. Se cultiva. Se protege. Y este libro es un manifiesto comprometido con esa construcción lenta, paciente y afectiva. Es también una defensa apasionada del derecho a sentir dentro del sistema educativo. Un recordatorio de que los estudiantes no llegarán al conocimiento si antes no han sido reconocidos. Que no memorizarán fechas ni fórmulas si antes no han sido mirados con respeto. Que no resolverán ecuaciones si sienten que su tristeza no cabe en el aula.
Hay en estas páginas una apuesta política clara: devolverle a la escuela su misión fundante de formar sujetos íntegros. Sujetos capaces de leer el mundo, pero también de leerse a sí mismos. Sujetos capaces de resolver conflictos externos, pero también sus propias turbulencias internas. Sujetos que no necesiten anestesiar sus emociones con violencia, apatía o cinismo. Este libro cree, como creía Freire, que la educación es un acto de amor. Y que ese amor se expresa no en discursos dulzones, sino en prácticas concretas que cuidan, que sostienen, que dignifican.
Cada capítulo ha sido tejido con la precisión de quien conoce el aula desde dentro. Con la sensibilidad de quien ha escuchado las voces adolescentes más allá de sus ruidos. Con la lucidez de quien entiende que la emoción no es un desvío del camino educativo, sino su condición de posibilidad. El lector encontrará aquí propuestas, fundamentos, estrategias y marcos teóricos, pero sobre todo encontrará preguntas. Preguntas incómodas, necesarias, movilizadoras. ¿Qué clima emocional reina en nuestras escuelas? ¿Qué sentimos cuando enseñamos? ¿Cómo afecta la mirada de un docente en la autoestima de un adolescente? ¿Qué mensajes emocionales transmite la arquitectura escolar, el currículo oculto, la forma de evaluar?
Este libro no es complaciente. No cae en el optimismo ingenuo ni en la crítica vacía. Se atreve a proponer, a imaginar, a construir alternativas. Y lo hace desde un lenguaje claro, poético cuando es necesario, profundamente pedagógico siempre. Cada palabra está al servicio de una causa mayor: recuperar la humanidad de la escuela. No como un ideal abstracto, sino como una tarea urgente, colectiva, ética.
Quien cierre este libro no saldrá igual. Sentirá quizás una mezcla de inquietud y esperanza. Tal vez experimente la incomodidad de saberse parte de una cultura escolar que muchas veces ha silenciado lo que más importa. Pero también experimentará la certeza de que es posible educar de otro modo. De que hay docentes, instituciones y comunidades que ya lo están haciendo. Que ya están sembrando escuelas donde la emoción no es un tabú, sino una aliada. Donde la tristeza no es signo de debilidad, sino de profundidad. Donde la alegría no es una excepción, sino un derecho.
Este prólogo no quiere adelantar lo que vendrá en las páginas siguientes. Quiere, más bien, abrir el apetito. Despertar la curiosidad. Encender la chispa de quien busca una educación más justa, más amorosa, más humana. Porque, al fin y al cabo, leer este libro es comprometerse con una causa: la de los adolescentes que cada día cruzan las puertas de una escuela esperando no solo aprender, sino también ser reconocidos, sentidos, cuidados.
Y esa causa, como este libro, merece ser leída con el corazón abierto.
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